Investigaciones
Tenemos que definir si queremos vivir juntos como iguales
Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales

Durante la década entre 2000-10 el número de migraciones en el mundo creció en 4,6 millones migrantes por año año, el doble que en la década anterior. Hoy hay 232 millones de migrantes en el mundo y en 65 países el número de inmigrantes ha aumentado. ¿Qué desafíos traen los migrantes para la democracia?

Septiembre, 2014

Vivimos en un mundo cada vez más globalizado y con mayor movilidad de personas entre continentes. Según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) el número de adultos que se desplaza del hemisferio Sur al Norte es un 40%, los que lo hacen de Sur a Sur es de 33%, de Norte a Norte 22% y de Norte a Sur 5%. 

La migración Sur-Sur, según un informe de la OIM, se produce generalmente por motivos de supervivencia, ya que los migrantes llegan a una situación similar o peor a la de sus países de origen y se generan tensiones entre los migrantes y los nacidos en el país.

Ante una realidad donde la humanidad del migrante queda subyugada a las leyes de migración de cada nación, Pablo Salvat, director del Observatorio Decide del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado, cree que la primera pregunta que debemos hacernos es pensar si realmente queremos vivir todos juntos.

“Vivimos en una ciudad segregada, donde en una parte viven algunos con ciertas condiciones que les permiten cierto tipo de vida -colegios, plazas, etcétera- y en otra viven otros con otras condiciones. Y eso incide en los extranjeros, porque si no queremos vivir con algunos chilenos porque los consideramos de otra condición, menos vamos a querer vivir con gente de otros países porque los miramos para abajo”, explica Salvat, autor del informe “Migraciones y globalización modernizantes: desafíos para una política democrática cosmopolita”.

Los índices de desigualdad son altos en muchas partes del mundo, pero según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en 2010 Chile fue el país que presentó la mayor brecha entre los ingresos de ricos y pobres. Del mismo modo la organización calificó al sistema de educación chileno como el más segregado. Según un informe del Senado, en Chile hay además desigualdad en el acceso a la salud, trabajo y seguridad de acuerdo a la situación socioeconómica, territorial y el sexo.

“Somos autoritarios, exclusivistas, discriminadores, nos molesta el color de la piel ciertamente, porque no estamos acostumbrados”, dice. “Imagínate que las mujeres chilenas ya tienen un trato discriminatorio en términos de salario e ingreso realizando el mismo trabajo que un hombre. ¿Qué le queda a una peruana, a un boliviana o a un colombiano?”

Para Salvat lo primero es tomar conciencia de que ciertos niveles de desigualdad son éticamente inaceptables. Tanto en Chile como en el mundo, explica el informe, el trato de los migrantes debe pasar por reconocer los derechos de cada ser humano sin importar las fronteras.

En Chile los inmigrantes han pasado de ser un 0,79 por ciento de la población en 1992 a un 2,04 en el 2012, diversificando su origen más allá de los países vecinos e incorporando a colombianos, haitianos y dominicanos.

En 2013, las Mesas Hurtadianas promovidas por el Centro de Reflexión y Acción Social de la Universidad Alberto Hurtado (CREAS) propiciaron un diálogo entre diversos actores donde se propuso una política integral del Estado sobre la migración tomando en cuenta los derechos humanos de las personas y los tratados internacionales y una nueva Ley de Migraciones que respete ambos.

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Pablo Salvat
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